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Como anunciamos ayer, esta mañana madrugamos para acudir a la audiencia general de
los miércoles con el Papa. A las 7
celebramos la eucaristía y enseguida salimos en el metro hacia San Pedro. A las 8 ya la fila de gente era
impresionante. Un rato de
paciencia y pudimos llegar muy bien al lugar asignado, muy bueno; mirando a la Basílica estábamos a la izquierda, arriba junto al lugar central donde se
sienta el Papa.
A pesar de las lluvias anunciadas no solamente no cayó ni
una gota sino que salió un sol que nos dio bastante calor … Mientras esperábamos
en la fila aprovechamos para preguntar a algunas hermanas sus sentimientos y
deseos en esos momentos. Estas
fueron las respuestas:
·
Mucha
ilusión de ver al Papa; mi corazón
está alegre y esperanzado, me
siento contenta (Lee)
·
Un don del Señor que nunca hubiera pensado … no se
explican sus caminos, nos superan
al ciento por ciento; estoy muy
agradecida por todo esto y la vivencia congregacional que se me regala (María José)
·
Con mucha alegría en el corazón (Thelma)
·
Alegre,
contenta, con mucha ilusión (Cecilia)
·
Vengo contenta porque vienen conmigo mis dos comunidades
que me han dado la fuerza para estar aquí; me han dado saludos y un abrazo para el Papa … (Pepita)
·
Mucha ilusión y esperanza (Felisa)
·
Emocionada, con esperanza (Teresa Li)
·
Mucha emoción,
alegría, entusiasmo, sentido de Iglesia (Graciela)
·
Alegría en la espera de sentir a la iglesia, buen “kimochi” … (Yoli)
·
No tengo palabras,
estoy abrumada … (Joy)
Cuando ya llegamos a nuestro lugar
comenzamos a hacer fotos y a admirar el espectáculo de la plaza que era
impresionante. Había dos bandas de
música que se alternaban interpretando canciones napolitanas y otros
ritmos, un grupo de africanas con
sus trajes típicos llenos de color,
otros grupos cantando, la
plaza de San Pedro era una fiesta.
Nosotras recordábamos la canonización de nuestra Fundadora y los pañuelos nos ayudaban a ello
también.
Durante casi media hora se dio lectura
a los grupos que habían acudido a la audiencia y nuestra hermana Auxilio tuvo
la feliz ocurrencia de contarlos según eran nombrados; el resultado fue 149 parroquias y 239
asociaciones de diversos lugares y modalidades.
A nosotras nos nombraron bastante al
inicio de la lista y aplaudimos con todo nuestro entusiasmo, como os podéis imaginar. Después el Papa hizo su recorrido por
la plaza y finalmente a las 10.30 en punto se sentó para comenzar la
catequesis; por las fotos podréis ver
lo próximas que estábamos. Luego
se acercó un señor del protocolo y llevó a María Inéz al otro lado de la plaza
porque al final podría saludar al Papa.
Dio comienzo a su catequesis que
ponemos a continuación. La escuchamos como providencial regalo para nosotras y
confirmación en los temas de que ayer hablamos: evangelización,
ir al mundo, necesidad del
contacto con Jesús … habló en
italiano y luego hacían una pequeña síntesis en estos idiomas: italiano, francés, inglés,
alemán, español,
portugués, árabe y polaco.
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Queridos hermanos y hermanas,
¡buenos días!
En el Credo, después de haber
profesado la fe en el Espíritu Santo, decimos: "Creo en la Iglesia que es
una, santa, católica y apostólica". Hay una conexión profunda entre estas
dos realidades de la fe: es el Espíritu Santo, por lo tanto, el que da vida a
la Iglesia, guía sus pasos. Sin la presencia y la acción incesante del Espíritu
Santo, la Iglesia no podría vivir y no podría cumplir con la tarea que Jesús
resucitado le ha confiado, de ir y hacer discípulos a todas las naciones (cf.
Mt. 28,18).
Evangelizar es la misión de la
Iglesia, no solo de unos pocos, sino la mía, la tuya, nuestra misión. El
apóstol Pablo exclamaba: "¡Ay de mí si no predico el Evangelio!" (1
Cor. 9,16). Todo el mundo debe ser evangelizador, ¡sobre todo con la vida!
Pablo VI señaló que "evangelizar… es la gracia y la vocación propia de la
Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar "
(Exhortación apostólica Evangelii
nuntiandi, 14).
¿Quién es el verdadero motor de
la evangelización en nuestra vida y en la Iglesia? Pablo VI lo escribió con
claridad: "Es él, el Espíritu Santo, quien, hoy igual que en los comienzos
de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deja poseer y conducir por
Él, y pone en los labios las palabras que por sí solo no podría hallar,
predisponiendo también el alma del que escucha para hacerla abierta y acogedora
de la Buena Nueva y del reino anunciado." (ibid., 75).
Para evangelizar, entonces, es
necesario abrirse de nuevo al horizonte del Espíritu de Dios, sin temer a lo
que nos pida y adónde nos lleve. ¡Confiemos en Él! Él nos permitirá vivir y dar
testimonio de nuestra fe, e iluminará los corazones de aquellos que nos
encontremos. Esta ha sido la experiencia de Pentecostés: a los Apóstoles,
reunidos con María en el Cenáculo, "aparecieron unas lenguas como de fuego
que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos, se llenaron todos de
Espíritu Santo y se pusieron a hablar en diversas lenguas, según el Espíritu
les concedía expresarse" (Hechos 2,3-4). El Espíritu Santo descendiendo
sobre los apóstoles, les hace salir de la sala en la que estaban cerrados por
el miedo, los hace salir de sí mismos, y los convierte en anunciadores y
testigos de las "maravillas de Dios" (v. 11). Y esta transformación
obrada por el Espíritu Santo se refleja en la multitud que acudió al lugar y
que provenía "de todas las naciones que hay bajo el cielo" (v. 5),
por lo que todos escuchaban las palabras de los apóstoles, como si fueran
dichas en su propia lengua (v. 6 ).
Este es un primer efecto
importante del Espíritu Santo que guía e inspira la proclamación del Evangelio:
la unidad, la comunión. En Babel, según la Biblia, había comenzado la
dispersión de los pueblos y de la confusión de las lenguas, como resultado de
un acto de arrogancia y de orgullo del hombre que quería construir, con sus
propias fuerzas, sin Dios, "una ciudad y una torre cuya cúspide llegara al
cielo "(Génesis 11,04). En Pentecostés, estas divisiones se superan. No
hay más el orgullo hacia Dios, ni el cierre de unos hacia los otros, que es la
apertura a Dios; es el salir para anunciar su palabra: un nuevo idioma, el del
amor que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones (cf. Rom 5,5); un
lenguaje que todos puedan entender y que, acogida, se puede expresar en la vida
y en todas las culturas. El lenguaje del Espíritu, el lenguaje del evangelio es
el lenguaje de la comunión, que invita a superar la cerrazón y la indiferencia,
divisiones y conflictos.
Todos debemos preguntarnos: ¿cómo
me dejo guiar por el Espíritu Santo, para que mi vida y mi testimonio de fe sea
de unidad y de comunión? ¿Llevo el mensaje de reconciliación y de amor que es
el evangelio en los lugares donde yo vivo? A veces parece que se repite hoy lo
que sucedió en Babel: divisiones, incapacidad para entenderse entre sí,
rivalidad, envidia, egoísmo. ¿Qué debo hacer con mi vida? ¿Creo unidad a mi
alrededor? ¿O divido, con el chisme, la crítica, la envidia? ¿Qué hago?
Pensemos en esto. Llevar el evangelio es proclamar y vivir primero nosotros la
reconciliación, el perdón, la paz, la unidad y el amor que el Espíritu Santo
nos da. Recordemos las palabras de Jesús: "En esto conocerán todos que son
discípulos míos, si se tienen amor los unos a los otros" (Jn. 13,34-35).
Un segundo elemento: el día de
Pentecostés, Pedro, lleno del Espíritu Santo, se pone de pie "con los
once" y "en voz alta" (Hechos 2,14), y "con franqueza"
(v. 29) anuncia la buena noticia de Jesús, quien dio su vida por nuestra
salvación y que Dios resucitó de entre los muertos. Este es otro efecto del
Espíritu Santo: el coraje, para anunciar la noticia del Evangelio de Jesús a
todos, con confianza en sí mismo (parresía),
en voz alta, en todo tiempo y en todo lugar.
Y esto ocurre incluso en la
actualidad para la Iglesia y para cada uno de nosotros: por el fuego de
Pentecostés, por la acción del Espíritu Santo, se liberan siempre nuevas energías
para la misión, nuevas formas para proclamar el mensaje de la salvación, un
nuevo valor para evangelizar. ¡No nos cerremos jamás a esta acción! ¡Vivamos
con humildad y valentía el evangelio! Somos testigos de la novedad, la
esperanza, la alegría que el Señor trae a la vida. Escuchamos en nosotros
"la dulce y confortadora alegría de evangelizar" (Pablo VI,
Exhortación apostólica Evangelii
nuntiandi, 80). Porque evangelizar, anunciar a Jesús, nos da alegría;
por el contrario, el egoísmo nos da amargura, tristeza, nos lleva hacia abajo;
evangelizar nos lleva hacia arriba.
Menciono solo un tercer elemento,
que es particularmente importante: una nueva evangelización, una Iglesia que
evangeliza siempre debe comenzar con la oración, pedir, como los apóstoles en
el Cenáculo, el fuego del Espíritu Santo. Solo la relación fiel e intensa con
Dios permite salir de la propia cerrazón y anunciar el evangelio con parresía. Sin la oración, nuestras
acciones se vuelven vacías y nuestro anunciar no tiene alma, y no está animado
por el Espíritu.
Queridos amigos, como dice
Benedicto XVI, la Iglesia de hoy "siente sobre todo el viento del Espíritu
Santo que nos ayuda, nos muestra el camino correcto; y así, con nuevo
entusiasmo, estamos en camino y agradecemos al Señor" (Palabras a la
Asamblea del Sínodo de los Obispos, 27 de octubre de 2012). Renovamos cada día
la confianza en el Espíritu Santo, confiando en que Él obra en nosotros, que Él
está dentro de nosotros, nos da el fervor apostólico, nos da la paz, nos da la
alegría. Dejémonos guiar por Él, somos hombres y mujeres de oración, que dan
testimonio del evangelio con valentía, convirtiéndose en nuestro mundo, en
instrumentos de la unidad y de la comunión con Dios.
Después se fue dirigiendo a cada grupo; éste fue el saludo en español:
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en particular a los
venidos de España, Argentina, Chile, Ecuador, Guatemala, México, Perú y otros
países latinoamericanos. Que todos nos dejemos guiar por el Espíritu Santo,
para ser verdaderos discípulos y misioneros de Cristo en la Iglesia. Muchas
gracias.
El
Papa pidió a todos los católicos rezar por los hermanos y hermanas de
China; y cuando habló a los grupos
de lengua inglesa, recordó el
tornado de Oklahoma y los niños fallecidos en el mismo. Finalizamos cantando el padre nuestro.
Cuando
se terminaron todos los discursos el Papa comenzó a saludar a la gente que
estaba en la primera fila pero se detenía bastante con cada persona; después de nuestro lado se dirigió al
centro donde había un grupo de parejas recién casadas que habían acudido a
recibir su saludo y bendición.
María
Inéz nos ha contado que cuando dijo el nombre de la Congregación enseguida se
acordó de que nos conoce de Argentina y sobre todo a nuestra hermana Teresa
Sagastume, preguntó por ella y la recordaba muy bien. Pidió a María Inéz que rezáramos por él y ella dijo que
siempre lo hacemos.
No
tenemos ninguna foto –la han hecho muchas los fotógrafos del Vaticano- de ese momento porque donde estaba no
podíamos acceder. La veíamos a la distancia; ha vuelto a casa toda bronceada por el sol ya que estuvo un
buen rato esperando el momento de
saludo al Papa.
Os
hemos tenido muy presentes en toda la celebración y sobre cuando fuimos
bendecidas por el Papa Francisco,
toda la familia de Cándida María –Hijas de Jesús/Laicos- estábamos allí. El Papa siempre recuerda a niños y
personas enfermas o que sufren,
así que también ese detalle estaba en nuestro corazón.
Mañana
seguiremos contando de nuestro trabajo.
Hoy nos parece que este tema era suficiente …
Ya
podéis comprender que hoy no nos es posible poner los nombres a cada foto; puede ser un buen ejercicio comunitario
intentar colocar el propio a cada rostro …después nos contáis el resultado!.
¡Muchas
gracias!
Equipo
de Información