Uno de los trastornos emocionales infantiles que más me estremecen es la depresión anaclítica. Con menos de un año de vida, los niños que la padecen han perdido las ganas de vivir. De ser unos bebés alegres, comunicativos, pasan a estar sumidos en una honda tristeza. René Spitz, médico al que debemos las primeras investigaciones sobre este trastorno, describe cómo, «inicialmente, estos niños manifestaban su malestar llorando, pero después de algún tiempo el llanto daba lugar a un gran retraimiento. Se quedaban inmóviles en sus cunas, apartaban la cara negándose a tomar parte en la vida de su alrededor; sus ojos eran inexpresivos, su cara rígida, su mirada lejana, como si no vieran lo que sucede en su entorno». Estos niños iban perdiendo el apetito, algunos tenían alterado el sueño, con frecuencia se enfriaban o contraían cualquier infección, su desarrollo intelectual se estaba bloqueando... y poco a poco «el contacto humano se volvía más difícil, acabando por ignorar a los adultos». Cuando este investigador fue analizando la historia de cada niño, observó que todos ellos, por motivos diversos (enfermedad, muerte, trabajo, abandono...), habían vivido una misma experiencia: la persona que de manera más significativa había realizado las labores de maternaje (la madre, el padre, una cuidadora...) había desaparecido de sus vidas por un período de al menos tres meses, y ningún adulto de su entorno había llenado de manera significativa ese vacío. Esa relación, tejida de ternura, de caricias, de abrazos, ya no existía. La carencia de esa presencia atenta, sensible, conectada a sus necesidades, les hacía sentir descarnadamente «deshabitados»; para ellos ya no merecía la pena vivir.
Por Ana García-Mina Freire
Sal Terrae 95 (2007)
Sal Terrae 95 (2007)


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