No llamó por teléfono. No pudo cocinarse algo al volver de Urgencias con su marido. Mudó la cama de “invitados” porque venía su hija… En la historia de Lola no hay un tío octogenario calentándose tras la cocina, dispuesto a regalar su herencia. Tampoco hay comadres: no le llega el tiempo para cotorrear, ni para hacer footing. Los médicos descargan contra ella obuses de malas noticias: “la salud de su esposo no es buena”. Él se llama Paco. Las fuerzas le han ido fallando, pero no el sentido común, por eso ruega a sus hijas: “que mamá non enferme; se non, estamos perdidos”. Todos saben quién es la única capaz de convertir la casa en un balneario.
¿De dónde saca fuerzas Lola para madrugar, hacer la compra, cocinar, ordenar los recibos, atender el teléfono, cuidar dos nietos, tender lavadoras de ropa, llenar los tápers de un hijo en paro, acordarse de los cumpleaños…? Menos mal que se jubiló (¡já!) hace cuatro años. Un desayuno completo, Misa frecuente y afición a la lectura tratan de cicatrizar las grietas que provoca la entrega en su alma generosa.
Lola se exprime como un limón en lo escondido. No se tiró al mar para rescatar de las olas a un estudiante eslovaco, pero también reina en mi Olimpo. Como ella, existen esposas y madres que deciden un día ponerse en huelga de amor. Desde entonces, ya no se quitarán los grilletes y las cadenas de su esclavitud voluntaria. La cruz nos salva de nuevo.
Lola se exprime como un limón en lo escondido. No se tiró al mar para rescatar de las olas a un estudiante eslovaco, pero también reina en mi Olimpo. Como ella, existen esposas y madres que deciden un día ponerse en huelga de amor. Desde entonces, ya no se quitarán los grilletes y las cadenas de su esclavitud voluntaria. La cruz nos salva de nuevo.
Cuando me canso, miro ejemplos como el de Lola y sigo un poco más.


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