ANUNCIÓ el ministro de Educación la semana pasada una nueva reforma
educativa que contempla, entre otras medidas, la reestructuración del
Bachillerato y la ESO, la apuesta por el inglés, un mayor control de
conocimientos para recuperar el mérito y el esfuerzo y la sustitución de
la controvertida Educación para la Ciudadanía por Educación Cívica y
Constitucional, que fue la que llevó los grandes titulares aunque sea la
parte menos relevante de la reforma, porque cabe la posibilidad de que
se trate de un simple cambio semántico que se presenta como la voladura
de uno de los estandartes del zapaterismo. Sobre materia tan sensible
como la educación son muchos las personas que se preguntan por qué todos
los gobiernos sucumben al síndrome de Penélope que por fidelidad a su
amado Ulises destejía de noche lo que tejía de día. En cuanto tocan
poder lo primero que hacen es deshacer el manto educativo que, con
aciertos y errores, había confeccionado el Gobierno anterior para
sustituirlo por su propio modelo de enseñanza. También se preguntan
muchos ciudadanos qué mal fario acompaña a los políticos de este país
que supieron salir de la dictadura, aprobar la Constitución y realizar
una transición modélica a la democracia, pero no son capaces de llegar a
un acuerdo de mínimos en una reforma educativa que dote a los escolares
de competencias -conocimientos, destrezas y habilidades- para
desenvolverse en el mundo actual y para competir en una sociedad
globalizada en igualdad de condiciones con sus colegas de los países de
nuestro entorno.
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Hace 2 horas



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