Por su aspecto, nadie diría que es un chaval. Sin embargo, cuando se aferra a la guitarra, su frecuente bigote y su pelo rizo se rebelan contra lo establecido como un joven en avanzada pubertad. En plena movida madrileña, Migueli se vio imbuido en una experiencia fuerte de fe, en la comunidad Pueblo de Dios (Huelva), donde supo aprender y compartir los dones, en particular los musicales, con que Dios le bendecía. Su origen sevillano acelera en él las palabras, que se estorban al salir de la boca, por entre la ranura estrecha de una sonrisa permanente. Aunque pierde el acento andaluz cuando le canta a los desfavorecidos, tema frecuente de su espiritualidad, desparramada entre mil partituras. Expresivo y gestual, ama el compromiso y está convencido de la revolución que el Evangelio ha supuesto para el mundo. La pasada edición de Urca, contó con su música y su ánimo. EL RETRATO
“Vivo esto (la música) como un servicio. A la vez como un privilegio. Como un espíritu de nueva humanidad, no sé muy bien cómo llamarlo”.
“Cuando no canto, doy cursos y preparo cosas nuevas. Organizo las giras, los encuentros, etc. Compongo y grabo, porque se trata de procesos largos, todos ellos. Intento, además, vivir mucho la familia y los amigos. Eso es difícil para alguien como yo, que paso media vida en la carretera. Aprovecho cada momento con todas mis fuerzas.”
“Somos cinco hermanos. Formo parte de una comunidad muy grande, por otra parte, que los siento mi familia. Tengo dos niños. Vivo en Madrid.”
“Mis hijas tienen 4 y 6 años. Cada vez que me marcho, sufren. A mí también me cuesta, pero le doy gracias a Dios por dedicarme a esto”.
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