A las seis y media de la tarde se abren las puertas del local El Pato amarillo, en el barrio obrero de Orcasur, en Madrid. Y ya hay personas de diferentes nacionalidades esperan para conseguir algo de ropa o comida gratuita. Dentro están ya Pilar, Yoli, Magdalena, Domi, Eugenia, Adoración, María… todas ellas mujeres entre 40 y ochenta y tantos años. Madres, abuelas que se toman esto como un trabajo pero sin remuneración.
Hace algunas décadas que a estas madres unió un triste destino: el de drogodependencia de sus hijos a la heroína. Eran los ochenta. Eran los tiempos en los que algunos jóvenes sólo encontraban la paz con la jeringuilla. Ellas intentaban ayudarles como podían, a ellos y a otros jóvenes que iban por el mismo camino y se convirtieron en madres coraje.
“Lo primero que hicimos en el local fue ofrecer la merienda, leche con galletas y un bocadillo a los chicos que vendían kleenex en los cruces. Algunos eran nuestros hijos o conocidos, sufrimos mucho, tuvimos a algunos chavales incluso saliendo de la droga, a algunos les ofrecimos restaurar muebles… Intentábamos de todo. Ahora hemos visto que la droga se ha reactivado como fórmula para resolver problemas de ingresos…”.

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