Los que leen nuestro blog saben que nuestros 3 hijos son una fuente continua de aprendizaje para mi mujer y para mí, y una de las principales vías para no rendirse en la búsqueda por un mundo mejor. Es sorprendente cómo ellos son capaces de generar soluciones, que a los adultos nos resultan imposibles, precisamente por la programación que ya llevamos acumulada en nuestro cerebro, y por los miedos que nos atenazan.
Este verano mi mujer, mis 3 hijos y yo, hemos pasado unos días de camping en Pirineos, "andurreando" entre montañas. Quizás sean los días más especiales del año para nosotros, ya que no hay nada que se interponga en nuestra comunicación. Son días de magia, de compenetración entre nosotros, y de profundo contacto con la naturaleza. En uno de esos días, hicimos una larguísima excursión para alcanzar varios lagos de alta montaña. Salimos a las 11 de la mañana, pero mi hija a los tres cuartos de hora empezó a tener hambre, sueño y cansancio. Comenzó a quejarse y posteriormente a protestar. Dado que habíamos casi empezado, mi mujer y yo nos miramos pensando que los planes para la excursión podían torcerse. Por ello, en vez de llevarla en brazos, cambiar de planes o ritmo, u olvidar el ascenso, optamos por lo más difícil: explicarle que la realidad, SU realidad, dependía de ella sola. Que su cansancio podría ser controlado por su mente. Que su energía podía ser canalizada según ella quisiera. Y sobre todo, que si sus pensamientos eran negativos, de abatimiento, de abandono o de sufrimiento, el resto de su cuerpo iba a seguir esos pensamientos, y acabaría destrozada. Pero que si sus pensamientos eran positivos, de convicción sobre su capacidad, y de optimismo, sería capaz de alcanzar lo que se propusiese.
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