BEIRUT.- Algunas películas nunca llegan a ser proyectadas en los cines libaneses, aunque estén disponibles en el mercado negro por el módico precio de un dólar. Algunos artistas de talla internacional nunca llegan a aterrizar en el país porque un vínculo, cercano o remoto, real o imaginario, con Israel ha sido atisbado por las autoridades. Hay grafiteros arrestados por expresarse en los muros, actores detenidos por enseñar ropa interior, cantantes que pasan por prisión porque uno de sus temas podría referirse a una alta figura política…

En el Líbano, que hasta las revueltas regionales se jactaba de ser la única democracia árabe, la libertad de expresión es un concepto difuso y, la censura, un problema diario. Nadie lo explicó mejor que el caricaturista Mazen Karbaj cuando diseñó la viñeta que se ha convertido en la bandera del movimiento MARCH, enfocada en la promoción de los deberes y derechos del ciudadano: en ella, un político, un militar y dos religiosos –uno suní y otro chií- se abrazan sonrientes mientras corean un sí a la libertad de expresión. Un asterisco al final de la frase remite a la letra pequeña: “Menos si tocas al Estado, Allah, el profeta, Jesucristo, el presidente de la República, las buenas maneras, la Iglesia, la Biblia, el Corán, los Mártires, la Resistencia, el Ejército y su jefe, el Papa, el rey saudí, los profetas, la unidad nacional, la guerra civil, el confesionalismo, los países amigos y los países hermanos, el mufti, el patriarca, el primer ministro, el Gobierno, los libros de historia, los campos de refugiados palestinos y el orígen del hummus”.
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